Yamiri Rodríguez
Madrid
En política, las derrotas más profundas no siempre se anuncian; se
manifiestan de manera progresiva, en la pérdida de control, de interlocución y
de credibilidad. El caso de la familia Yunes es ilustrativo. Más que un
desgaste coyuntural, lo que enfrenta hoy el grupo encabezado por Miguel Ángel
Yunes Linares es la erosión simultánea de tres activos esenciales para la
viabilidad pública: legitimidad, posición política y margen de maniobra.
Los señalamientos sobre posibles investigaciones en Estados Unidos por
presuntas operaciones de lavado de dinero, con lo que les quitarían sus visas, referidas
en distintos espacios digitales y mediáticos, carecen, hasta ahora, de
confirmación oficial plena. Sin embargo, ese matiz es relevante porque, en
política, la percepción no es un elemento accesorio, es un factor determinante.
La conversación pública ha instalado una narrativa de sospecha
permanente. Y en ese terreno, el costo reputacional se materializa
independientemente del desenlace jurídico. Cuando un actor político entra en
una lógica de defensa constante, como es el caso de los Yunes del Estero, deja
de marcar agenda y pasa a administrarse a sí mismo. Ese es un punto de
inflexión.
El momento crítico para ellos fue el voto a favor de la reforma judicial
en 2024 siendo supuestamente panistas, impulsado por Miguel Ángel Yunes
Márquez. Su decisión fue interpretada como una acción de supervivencia
política, no como una definición de proyecto. Eso, obviamente, les significó la
ruptura con el Partido Acción Nacional, la falta de integración efectiva en
Morena y la desvinculación de su base tradicional en Veracruz.
El resultado es una condición de orfandad política. Sin estructura, sin
narrativa y sin alianzas operativas, su capacidad de incidencia se reduce de
manera significativa. En nuestro sistema político, la pertenencia sigue siendo
un factor central de poder. El regreso de Yunes Linares al Senado en 2026
evidenció un clima adverso que ya no es episódico, sino estructural. Las
expresiones de rechazo público responden a una acumulación de percepciones
negativas construidas a lo largo del tiempo: ejercicio confrontativo del poder,
cuestionamientos recurrentes y una narrativa adversa que no ha sido
contrarrestada con eficacia. En términos de comunicación política, el
aislamiento no se mide por el volumen de críticas, sino por la ausencia de
respaldos.
El caso de los
camaleónicos Yunes es, sobre todo, un problema de desconexión; han perdido
capacidad de articulación. Porque en el nuevo equilibrio del poder no basta con
mantenerse vigente. Se requiere legitimidad, pertenencia y propósito. Y
actualmente, los Yunes carecen de los tres.
@YamiriRodriguez
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