lunes, 17 de julio de 2017

Los cuentos de una vida, la vida de Pitol

Por Yamiri Rodríguez Madrid

Seis años de su infancia pasó postrado sobre una cama a consecuencia del paludismo. Ahí Sergio Pitol Deméneghi aprovechó para conocer, para fascinarse, de los mundos que describían en sus páginas sus hasta hoy favoritos: la locura plasmada en los cuentos de Nikolai Mogol o la vida de los cosacos y moscovitas en los libros de León Tolstoi.
Muy similar a la vida de Niétoschka, un personaje de Fedor Dostoievski que vivió una infancia dura, Sergio Pitol perdió a su madre a los cuatro años, después a su padre y a su hermana, y aunque la vida parecía no sonreírle, 84 años después es uno de los máximos exponentes del mágico realismo latinoamericano, aunque hoy de nueva cuenta está postrado en su cama, en medio de un torbellino que ha escalado al ámbito internacional.
Conversé con él, en su casa, en dos ocasiones, muchas otras más en la USBI.   Hace poco más de medio año lo saludé en Plaza Montemagno, aquí en Xalapa, ataviado con una boina: iba a tomarse un café. Para cualquier xalapeño era una estampa común, hasta hace una década, verlo caminar en las estrechas calles del centro, con sus perros a su lado.
Han pasado 56 años desde que el escritor puso punto final a su cuento “Cuerpo presente”, allá en Roma, y en todas esas décadas logró que las peripecias de esos estudiantes, hombres de negocios y cineastas que ha parido a través de su pluma, hicieran de él un escritor de culto. De ahí que hoy sus cosas estén desapareciendo de su propio hogar.
El maestro ha dicho una y otra vez que los claroscuros de su niñez allá en Potrero, han sido pieza fundamental en la trama de sus libros: una abuela, Doña Catalina Buganza, a la que nunca olvida y a la que evoca no sólo cuando los males físicos lo agobian, sino que lo acompaña en sus momentos de alegría, como cuando en abril de 2006  recibió el Premio Cervantes.
Esas mismas vicisitudes que tuvo que enfrentar siendo muy niño fueron las que lo llevaron a convertirse en el escritor consumado que es hoy pues la enfermedad que lo recluyó, fue la misma que lo hizo descubrir su pasión por la literatura.
Tras los años difíciles Pitol Deméneghi se convirtió en abogado y filósofo y, a los 27 años, comenzó su vasta carrera diplomática que lo llevo a tierras tan lejanas como Belgrado, Varsovia, Roma, Pekín, París, Budapest, Moscú y Barcelona, mismas que le sirvieron de telón de fondo para sus relatos. Él mismo cuenta que en Barcelona terminó de escribir “El tañido de una flauta”, en Varsovia se cortó “el cordón umbical” que lo unía con su infancia y en Praga tuvo un encuentro frontal con la parodia.
Pero su carrera no solo ha brillado por sus creaciones literarias sino también por las impecables traducciones que ha hecho de Henry James o Anton Chejo; de “Las puertas del paraíso” de Jerry Morzejweski, y “Las excentricidades del cardenal Pirelli”, de Roland Firbank, “como lo hicieron en su tiempo, con otras obras, Jorge Luis Borges o Franz Kafka”.
 Pitol nunca se casó, más escribió con éxito “La Vida Conyugal” -una de sus obras más representativas y que incluso recientemente fue traducida al chino-; eso sí, tuvo muchos hijos, no de carne y hueso, sino de pasta y hojas.  Su favorito: “El Mago de Viena”.
Tras el premio de cien mil dólares, hace ya 11 años, el escritor planeaba ir en busca de nuevas emociones, de refrescar viejas reminiscencias: aprovechó para recorrer viejos y míticos poblados españoles, para pasear por tierras chinas, para reencontrarse, con ternura, con el Pitol que a sus 24 años  se adentraba en el mundo de la literatura.  Pero los años comenzaron a pesarle y los buitres, a acecharle.
Oriundo de Puebla, pero veracruzano por adopción, ha hecho de Xalapa su hogar.  Pitol pudiera vivir en las tierras de Cervantes o en la fría Moscú si así quisiera, pero prefirió echar a volar la imaginación con un lápiz en la mano mientras observaba como cae la tarde por esa ventana que da a la calle de Pino Suárez, en pleno corazón de la capital veracruzana.
Hoy quise desempolvar varios de los viejos textos que escribí sobre el maestro Pitol pues como dicen, el cariño y el reconocimiento se deben mostrar en vida, solo en vida.

@YamiriRodríguez

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