lunes, 20 de enero de 2020

Viacrucis de un deportado




Por Yamiri Rodríguez Madrid
La semana pasada regresaba de la Ciudad de México hacia Xalapa por la vía terrestre. Llegue con tiempo de sobra a la Terminal de Autobuses de Pasajeros de Oriente (TAPO), por lo que me senté a un costado de la zona de comida rápida a revisar mi correo. Encontré una silla vacía junto a un señor de más de 70 años que devoraba una inmensa torta, más grande que su rostro. A su otro costado estaba una señora un poco más joven que él, que le preguntaba su nombre y hace cuántos años había muerto su esposa.
Llamó mi atención su diálogo porque él le respondía que lo bueno es que pronto, muy pronto, otra vez se reuniría con ella y ansiaba ese momento. La mujer le pedía no dijera eso, pero el anuncio de la salida de su camión la hizo despedirse apresuradamente de él. Entonces el señor en cuestión me preguntó la hora: 14:35 le respondí y me dio las gracias.  Como yo tenía tiempo de sobre le pregunté cuánto le faltaba para irse, pues mi intención era avisarle antes, a fin de que no lo perdiera.
“Me voy de aquí hasta las 9 y media de la noche”, me respondió. “Voy hasta Zamora, Michoacán”. Sorprendida por todo el tiempo que tendría que esperar, le pregunté por qué no se fue a la terminal norte para llegar más pronto a Michoacán.
“No está usted para saberlo, pero no traigo un solo peso en la bolsa ni para un agua porque ayer me deportaron junto con unos compañeros”.  Comenzó entonces a narrarme su viacrucis. Tenía 12 años trabajando en Atlanta, hasta la fatídica noche del lunes, cuando la migra les cayó en el restaurante donde laboraban.  No le dio tiempo de tomar nada. Salió de Estados Unidos tal y como llegó: con lo que traía puesto.
Cuando llegó al vecino país del norte encontró trabajo como lava losas y ahí descubrió su pasión: cocinar. Se fue fijando cómo lo hacían los cocineros encargados, hasta que aprendió. Así trabajó todo este tiempo en restaurantes orientales: chino, coreanos, taiwaneses.
Regresó como se fue: con la preocupación de qué será de él, mientras esperaba durante varias horas más a que su hijo llegará desde Zamora por él.  En Estados Unidos no les permitieron ninguna llamada. Al aterrizar a las 3 de la mañana en la Ciudad de México una trabajadora de Migración les “hizo el favor”, a él y unos cuántos más, de comunicarles a sus familiares que los acababan de deportar.
Como este hombre hay cientos de mexicanos que corren la misma mala suerte y, con la peor fortuna, de no poder encontrar en sus comunidades de origen una oportunidad para tener una vida digna. Es el viacrucis del migrante.
@YamiriRodriguez

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